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El día de tu boda pasa más rápido que el ramo en la recepción.
En un momento estás diciendo “acepto” y al siguiente estás a mitad del postre y te preguntas cómo pasó todo tan rápido.
Ahí es donde entro yo, un camarógrafo de 196 cm de altura que de alguna manera logra volverse completamente invisible (no me pregunten cómo, es magia de bodas).
Estoy allí para capturar las risas, las lágrimas de felicidad, los movimientos de baile incómodos, las miradas silenciosas, todos esos momentos que si parpadeas te pierdes, y envolverlos en una cápsula del tiempo que atesorarás para siempre.
Las parejas siempre me dicen: "¡Ni siquiera recordamos la mitad de lo que pasó!" Y es exactamente por eso que me encanta hacer lo que hago.
¿Recuerdas ver viejos videos caseros de tu infancia y sentirte como si estuvieras allí otra vez? Casi podías oler la comida de la abuela o sentir la hierba bajo tus pies. Esa es la nostalgia que quiero que transmita tu película de boda. No solo recuerdos, sino sentimientos.
Así que, hagamos algo hermoso juntos. Algo que les haga llorar (de las buenas). Algo que les haga reír a sus hijos dentro de 30 años.
Algo que demuestra que el amor realmente vive en el cine.

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